El Nissan Z es el último
deportivo con vida en el portafolio del fabricante japonés que, desde la salida
de Carlos Ghosn, había estado asfixiándose bajo el mando de directivos con un
orgullo japonés malentendido y una política corporativa tóxica. Esta situación,
aunada a transmisiones reconocidas por su cuestionable fiabilidad (como las
unidades CVT en su gama comercial), comprometió seriamente la rentabilidad de
una marca que debería ser un gigante global.
Con la llegada de Iván Espinosa, Nissan parece haber comprendido que su negocio consiste en vender autos y que estos deben ser, primero, confiables y, segundo, del gusto del cliente.



















